Psicopatología viva

SE DAN EN la obra de Dilthey dos vuelcos decisivos. El primero es el que lo lleva de la metafísica al método, de la superstición al rigor, y que le permite fundamentar su propuesta para una psicología de corte no explicativo (llámese descriptiva, comprensiva o analítica). En la importancia de este giro para las ciencias del espíritu quise centrar la pequeña charla que el pasado febrero —por amable invitación del doctor Víctor Navarro— ofrecí ante el Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona sobre los fundamentos de la psicopatología.

Más allá de las convicciones (supersticiones metafísicas, diría Husserl) de cada cual acerca de la naturaleza del malestar psíquico (bio-, psico-, socio-, &c) importa atender el rigor del método con que se cerca. Algo dije de los saberes nomotéticos e idiográficos del bueno de Windelband, y algo del inevitable círculo hermenéutico.

Terminada la exposición tuvo el doctor Navarro la gentileza de preguntarme por qué creía yo que nos planteábamos todas estas cuestiones metodológicas frente a una alucinación y no, por ejemplo, ante una célula tumoral.

La pregunta era esperable, si no era “la pregunta”. Debería haberla previsto y ensayado. Pero no lo había hecho, o sí (tantas veces y todas fallidas). Respondí raudo, algo nervioso, que la psicopatología trata de y con la subjetividad, delicada antimateria —añado ahora— precisada de cautelas adicionales a las de la aprehensión de una naturaleza que parece dársenos ya hecha, como fruta madura, presta al mordisco sin los miramientos que pide el diálogo con la intimidad.

Fue así como traicioné, en un instante, siglo y medio de pensamiento, desmerecí mi propia exposición y perdí ya irremediablemente el favor del auditorio (fundamentalmente biologicista y cognitivista).

Pero entiéndanme. Si no ando muy errado mis sufridos espectadores compartían una concepción de lo científico como lo evidente, como la posibilidad inmediata de aprehensión de “algo puro dado”, como escribe Glatzel, de una objetividad como “algo comprensible de suyo”, a decir de Pablo Ramos. Si yo pretendía, como había anunciado husserlianamente, defender una psicopatología como ciencia estricta debía ceñirme a una determinación objetiva que sólo vendría a ser posible (operacionalizable) mediante un lenguaje observacional que gozara de un inmediato consenso intersubjetivo (interobservador), lo cual requería a su vez un “sistema de referencia psicológico” compartido. Una propuesta sólida, vamos.

Nada de eso iba yo a satisfacerlo con la respuesta que no me atrevía a dar, al entender que la verdadera cientificidad —si así quiere llamarse, en el sentido de Husserl— de la psicopatología no era alcanzable por ese camino sino por el de lo que Glatzel denomina “andaduras varias y nunca concluidas” en la senda de Dilthey y otros. Esta se ha visto desde siempre (o al menos en psicología desde Wundt) atravesada y entorpecida por las durísimas y huecas palabras-cáscara (Worthülsen) sembradas desde el paleoempirismo lógico hasta el neopositivismo, y es lo que yo temía que me fuera arrojado desde el patio de butacas: vacías pero recias y dolorosas definiciones. Que al resto de la medicina le resulte más fácil esa restricción empiricista, ese desmantelamiento del sujeto (que le baste en sus propósitos clínicos, aunque no completamente, ni siquiera en su archimodelo anatomoclínico, y de ningún modo pueda hacerlo en la investigación —la auténtica, no la de papers a peso—) o que la misma psiquiatría pueda reclamarla en ocasiones no lo vamos a cuestionar, “tiene derecho a ello” concede Glatzel. Pero la psicopatología que lo hace, tal vez legítimamente, deberá entenderse como semiótica psiquiátrica o psiquiatría teórica, advierte también, frente a la psicopatología viva. La psicopatología como perpetua y fascinante indagación, jamás rutina recopilatoria de signos y etiquetas.

Entiéndanme. ¿Cómo iba yo a responder —aunque llegué, valga en mi descargo, a insinuarlo— que la captación microscópica de un tejido tumoral sufre también, si no en la misma medida sí del mismo modo que la exploración psicopatológica de una alucinación o de un delirio, las sacudidas hermenéuticas de la totalidad? ¿Cómo que debe atravesar de igual manera la universalidad imaginada para llegar a la visión particular de una célula en tinción? ¿Cómo sugerir la presencia del componente divinatorio del romántico Schleiermacher en la interpretación de la imagen histológica? ¿Cómo el juego de la precomprensión que el mismo Einstein (1919) reconocía? ¿Cómo decir —¿con Heisenberg, con Gadamer?—que no sólo capta el microscopio sino que también proyecta la luz que permite la artificial coloración de la muestra? ¿Cómo hablar del horizonte circular en la visión microscópica?

¿Cómo iba yo a espetar a aquella buena gente, siguiendo a Pablo Ramos, la advertencia de que debemos sabernos inmersos “en una razón gestada en el hecho de nacer insertos en cualquier caso ya siempre en un todo del que no podemos salir ni, por tanto, podemos enunciar”?

Hube de recular. Entiéndanme. Lo hizo al fin y al cabo el mismo Glatzel apelando a Kockelmanns. Lo hizo Glatzel con su ciencia antropológica. ¿Cómo no iba a hacerlo yo?

Concédanmelo. Volver a la metafísica era el mal menor.

***

GLATZEL, J. (1990), La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo (trad. RAMOS, P.), Fenopatoløgica, 28 de mayo de 2020

RAMOS, P. (2020), La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: comentario, Fenopatoløgica, 1 de junio de 2020

EINSTEIN, A. (1919), Induktion und Deduktion in der Physik, Berliner Tageblatt, 25 de diciembre de 1919, suplemento a la edición de la mañana

En la ilustración La clínica del Dr. Agnew, de Thomas Eakins (1889)

Publicat per Sergi von Fenop.ca

Psiquiatra

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